11.- NACE LA LEYENDA
 

21/05/2009 | 07:56

Por:Ramiro Cepeda

Ante la muerte del Ing. León Febres Cordero

15 de Diciembre del 2008

Eran algo así como las cinco de la tarde, un ambiente enrarecido inundó la ciudad. De pronto, los celulares empezaron a sonar imparablemente y mensajes de texto llegaban de todas partes. La noticia corrió como pólvora y el sentido de orfandad se apoderó de la gente. De un momento a otro, la clínica Guayaquil se inundó de pueblo. Muchas personas entraban y salían con rostros de pena y congoja; en las afueras, el pueblo comentaba, lloraba, recordaba. Los canales interrumpieron sus transmisiones regulares y la noticia cobró vida.

La espera se hacía eterna, las anécdotas tomaban vigencia y el sentimiento popular derramaba lágrimas sobre su recuerdo. Afiches, música, custodia militar, hacía pensar que sobre la tarima se ofrecería un discurso con una arenga que subleve a la ciudad. Que la voz de siempre empezaría a rugir, que la imagen vigorosa y fuerte saldría una vez más por el balcón para gritar en defensa de la ciudad. Sus adversarios esperaban ansiosos su proclama y los periodistas no dejaban escapar detalle.

De pronto, irrumpió un cuerpo inerte, que cobijado por la bandera patria, venía en hombros de familiares y pueblo. La seguridad abrió paso, y sus coidearios acompañaban a su líder, esperando, que, como Lázaro, se levantara para gritar ¡VIVA GUAYAQUIL CARAJO!.

Seguía el pueblo al cortejo: incrédulo y atónito, no entendía como la vida le había arrebatado la vida a su Alcalde, y como la esperanza de volver a escucharlo se diluía en las aguas del manso Guayas. Se abrían las puertas de la catedral para que el Arzobispo acogiera en la casa de Dios al hijo predilecto de su arquidiócesis, al hombre que había transformado a su lugar natal en la auténtica Perla del Pacífico.

Acostado, casi como dormido, recibía a hombres y mujeres que querían tocarlo, mirarlo, empezar a creer lo increíble, empezar a aceptar lo inaceptable. Los granaderos de Tarqui, otrora su seguridad, vinieron a cuidar su descanso, mientras los guayaquileños se despedían del burgomaestre.

Y las horas pasaban y la sensación de impotencia se apoderaba de todos ante lo inexorable de la muerte y del desamparo. Y ahora quien…., y ahora quien, exclamaba el vulgo.

Su muerte no podía pasar inadvertida, su vida no podía ser indiferente, sus acciones no podían dejar de comentarse, sus pasiones no podían ser olvidadas, sus yerros no podían soslayarse.

Había muerto el hombre, empezaba a vivir la leyenda.







 
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