08.- QUÉ ES GUAYAQUIL Y EL SER GUAYAQUILEÑO.
 

01/06/2009 | 06:26

DISCURSO DEL DIPUTADO ALFONSO HARB DURANTE LA SESION SOLEMNE DEL H. CONGRESO NACIONAL EN HOMENAJE A GUAYAQUIL, EL 7 DE OCTUBRE DEL 2005.

Lo dijo Simón Bolivar en su proclama del 31 de agosto de 1822: “ Guayaquileños! Al separarme de vosotros, llevo un sentimiento de dolor. Os amo porque son buenos patriotas; protesto que la ternura y la gratitud hacia vosotros se mezclan en mi corazón; pero yo me lisonjeo con la esperanza de volveros a ver bien pronto, para heceros todo el bien que mereceís, porque Guayaquil es incomparable y preferible a todas.

Han pasado ciento ochenta y tres años y este pensamiento expresado por el gran Libertador, lo han repetido de manera infinita todos aquellos que por alguna circunstancia, se alejan de la ciudad. Es que la pujanza de esta urbe y sus hijos es digna de encomio. El guayaquileño jamás se doblega, siempre se supera, no habla.... trabaja, no se detiene.... avanza. Es pilar fundamental del desarrollo de un país y termina siendo la esperanza para que, cuan ejemplo propio, y como el ave fénix, le extienda la receta a La Nación de cómo resurgir desde las cenizas.

Hoy el Honorable Congreso Nacional vuelve a sesionar en Guayaquil para rendir homenaje durante su semana mayor. A nombre de los guayaquileños, como uno de sus representantes en esta cámara, os agradezco por ello. Pero sintonizados con las expectativas de las calles, que es donde se fragua el sentimiento de una ciudad, les puedo asegurar que ellos aspiran de nosotros mucho más que un protocolario homenaje.

Ciudad comercial, empresarial, industrial, obrera, constructora, científica, deportiva, caritativa, fraterna, engloba en dos palabras con mayúsculas todas estas características: Ciudad Trabajadora.

En Guayaquil, todos trabajan, aquí el que no trabaja no come y el que no come se queda en la vera del camino. Es una urbe competitiva que no exige otra cosa que le abran el espacio para avanzar sin detenerse. No nos pide nada pero nos vigila día y noche y no permitirá que mezquinos intereses obstaculicen su crecimiento.

Hoy podíamos llegar con un regalo octubrino; un proyecto que busca abrir nuevos campos de progreso y bienestar, no solo para los guayaquileños sino para los ecuatorianos en general. En el tercer milenio y vigésimo primer siglo, aún tenemos que prender velas en un país donde abundan los ríos y el agua. Tamaña incongruencia no tiene otra explicación que la falta de previsión y de criterio estadista que impidió una constante y beneficiosa inversión estatal o privada que conlleve a la construcción de centrales hidroeléctricas que hubiesen permitido al país, no solo abastecer su consumo interno sino ser proveedor internacional con réditos económicos de paso, del sustancial fluido eléctrico.

Sin embargo, Guayaquil no se queja; ve con buenos ojos que el proyecto vaya avanzando en segundo debate.

Comercial por ancestro, espera también que muy pronto entre al debate de las definiciones aquel proyecto que busca reactivar la producción. El dinero no nos llega a los guayaquileños como maná del cielo. Tenemos que buscarlo y pagar un costo por obtenerlo, para reproducirlo. Esos son las códigos del comercio, que los llevamos en la sangre. Pero para ello, necesitamos en cambio, una banca que no nos desangre. Que nos permita transformar la gota de sudor en capital para poder pagar el préstamo, un interés acorde y una utilidad para el disfrute personal y familiar y no que se transforme en lágrima al ver como todo el esfuerzo se lo lleva otro; que en el pago de intereses, comisiones y servicios no se vaya lo poco que tenemos. Así piensa el hombre que vive del comercio, que no tiene tiempo para ponerse a escribir en las páginas editoriales de los diarios sino a lo mucho en los buzones de lectores para transmitir su desaliento.

Bendecid Guayaquileños la portentosa obra de vuestra reconstrucción y regeneración; Progreso, trabajo y crecimiento, son los dones celestiales que disfruta hoy Guayaquil, prodigados por la bienhechora mano de sus dos últimos alcaldes y por la confianza depositada en ellos por sus habitantes. Entonad himnos de alegría en honor de la prosperidad y en el seno de tu indetenible paso triunfador, tributad los más gratos homenajes a tus símbolos del desarrollo.

Es el Guayaquil de Olmedo, la ciudad que cautivó a Bolívar, que fue cuna de Rocafuerte, que enseñó a García Moreno, que hospedó a Letamendi, Urdaneta y José de Villamil, que inspiró a Dolores Sucre, Numa Pumpilio Llona, Francisco Falquéz Ampuero y Medardo Angel Silva, que se llena de adrenalina durante los días al fragor del trabajo de su gente, que respira romance por las noches, que vibra con los goles de Barcelona y EMELEC, los equipos de sus amores; que siente la suave brisa de su río, testigo de los pactos por la independencia de América y de los sueños de miles de marineros que desde siempre y para siempre veían y ven a la ciudad como puerto seguro de desembarco para triunfar en el comercio.

Es el Guayaquil de siempre, que desde hace 13 años comenzó a recuperar su belleza; el Guayaquil de Francisco de Orellana su fundador y de León y Nebot, sus refundadores. La ciudad que abre las puertas al mundo orgullosa de su estirpe, de su belleza y de su gente. Que quiere crecer junto al Ecuador pero que no se va a detener por culpa de unos cuantos que no dejan crecer al país.

Este es Guayaquil, la Perla del Pacífico, la que tiene las mujeres que deleitan al pasar. Ciudad que, como dice Carlos Rubira Infante, está tallada en madera de guerreros, pero de aquellos guerreros buenos, que nunca pierden, que son leales, que son valientes, revolucionarios, transformadores y determinantes.

Apreciados compañeros legisladores, gracias por estar aquí, en la ciudad portuaria más hermosa del Continente.

Señor Presidente, señoras y señores diputados, señoras y señores.







 
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